Cada vez que un ciudadano en Bogotá se sienta a la mesa, participa, quizás sin saberlo, en la parte final de una cadena de suministro interminable y constante, que no siempre es eficiente, sino que consume masivamente agua, energía, tiempo y dinero.
Para 2025, el movimiento de alimentos en Bogotá sumó 2,49 millones de toneladas, cifra que equivale a un promedio de 347,1 kilogramos por habitante al año.
Bogotá concentra la mayor demanda de alimentos de la región central del país y cifras del SIPSA-DANE revelan que el 88% del abastecimiento de la ciudad tiene origen regional. De este total, el 42% proviene de Cundinamarca, y otro 46% llega desde Boyacá, Meta, Tolima y Huila.
El efecto de la logística
A pesar de la inmensidad del territorio productor, el sistema de comercialización actual padece de un punto débil estructural: funciona como un embudo. Más del 94% de la comida que se comercializa en Bogotá ingresa por Corabastos, el principal nodo mayorista de la ciudad.
Esta concentración no solo ocurre en el punto de llegada, sino también en la oferta de servicios logísticos. Un diagnóstico reciente realizado por la varias entidades como la FAO y la Alcaldía de Bogotá, identificó 1.486 empresas de servicios logísticos en municipios priorizados de Cundinamarca; 1.276 de ellas (85,9%) se ubican en apenas 10 municipios entre los que se destacan Mosquera, Chía, Cota, Soacha, Zipaquirá, Funza, Cajicá, Facatativá, Madrid y Fusagasugá.

Cuando algo falla
La fragilidad de la red vial es un factor determinante en el precio final de los productos. En Cundinamarca, el 60% de la red vial a cargo de Invías se encuentra en regular o mal estado, según datos de la Gobernación de Cundinamarca para 2025.
Este deterioro vial tiene consecuencias en cascada. Le cuesta al productor, que recibe menos; al transportador, que asume más riesgos y trayectos más largos; al consumidor, que termina pagando más por un alimento; y le cuesta al planeta, que asume el desgaste por contaminación.
Lo que se pierde en el camino
Una de las expresiones más duras de esta ineficiencia es la comida que nunca llega a la mesa. En Colombia perdemos y desperdiciamos el 34% de lo que producimos; eso son casi 10 millones de toneladas al año (FAO, 2021).
En Cundinamarca esta cifra supera los 1,4 millones de toneladas, mientras que en Bogotá se aproxima a 1,2 millones (DANE, 2025).
Lo más preocupante es que buena parte del problema ocurre antes de que el alimento llegue al consumo. El 40,5% de las pérdidas se produce en la finca y otro 19,8% ocurre en etapas de cosecha, postcosecha y almacenamiento. Eso quiere decir que el 60,3% del problema se concentra en las primeras etapas de la cadena.

Después vienen otros eslabones críticos: la distribución, las ventas y el consumo final. En el comercio minorista, por ejemplo, el 96,7% de los alimentos que dejan de ser aptos para el consumo humano termina convertido en desperdicio (DANE, 2025).
Sobrecostos y clima
De acuerdo con estudios de la Alcaldía Mayor de Bogotá, un alimento puede pasar hasta por cuatro intermediarios y aumentar su precio final hasta en un 80%, lo que conduce a que quienes producen reciben menos dinero por su trabajo y quienes consumen pagan más.
A estos desafíos se suma un factor estructural: el cambio climático. De acuerdo con el índice ND-GAIN de 2024, Colombia ocupa el puesto 33 a nivel mundial en vulnerabilidad al cambio climático y en la región central, cultivos fundamentales para la dieta local como la papa, el plátano y los pastos para la ganadería enfrentan hoy condiciones cada vez más impredecibles.
Debido a todos estos factores, es importante reducir la intermediación, mejorar los ingresos de quienes producen, estabilizar los precios y disminuir el impacto ambiental del sistema. En otras palabras: perder menos, contaminar menos y alimentar mejor, con decisiones de cada uno de nosotros, para entender que el abastecimiento no empieza en el mercado, empieza en la tierra y en cómo decidimos cuidarla.
*Fuente y fotografías: FAO Colombia



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